Miras a la mujer, los contornos pálidos y desgastados de su rostro. Piensas en penetrarla pero los jugos (allá abajo) no están corriendo del todo. Le hablas en un susurro. Ella está durmiendo y tu le susurras animadversiones fatales. Le dices cosas del tipo: soy un ser humano hecho de humo, madame, ráfagas de humo negro. Le dices: no tengo ningún rasgo distintivo en mi personalidad, madame, salvo el resentimiento y una forma poco evolucionada de la desidia. Entonces ella emite murmullos apáticos y quejidos oníricos. Ella está como tratando de comunicarse con alguien. Tu le susurras: veinte milígramos de pseudoefedrina, madame, yo la penetraría con desidia pero los jugos ( allá abajo) no están corriendo del todo. Y después piensas en la posibilidad del amor. Tu podrías amar a esa mujer, Charlie boy, tu podrías ser el paradigma del amor oscurecido en las espaldas del tiempo, pero apenas ese pensamiento enigmático (y absurdo) se instala en tu cabeza, le clavas un cuchillazo directo en el rostro .( ¿Y de donde has sacado el cuchillo?) Lo que ocurre a continuación es que la mujer no muere. Por el contrario, está lejos de morir, como si ese forado que expulsa chorritos espesos de sangre a medio camino entre su boca y sus ojos le hubiera inyectado un hálito de intensa vitalidad, comienza a gritar y a gemir de dolor mientras trata de quitarse la sangre del rostro con las manos. Tú comienzas a enterrarle tu cuchillo de manera brutal, por así decirlo, entre la zona del cuello y de los hombros, y después más abajo, en la zona del entrepiernas, como si fueras un médico de abortos con Parkinson en las manos, cuchillazos que tampoco hacen morir a la mujer sino que le provocan espasmos de carácter epiléptico o no. Según mi punto vista- le dices a la mujer masacrada mientras su cuerpo pierde ánimo y se apaga- el sexo es lo mismo que un animal doméstico y moribundo que se lame las heridas que le ha infligido su amo. Un animal sumido en la mas angustiosa de las dependencias. Una perpetua oscuridad y eso, madame, la misma oscuridad que veo en sus ojos, madame, la misma que veo en su boca cercenada, le dices, y te das cuenta que la mujer ya no entiende nada. Que la mujer ya no te escucha. Que la mujer es ahora la muerta. Y que los muertos solo saben una cosa: que están muertos.
Cuando despiertas miras para el lado y ves a tu esposa que duerme. Observas los contornos pálidos y desgastados de su rostro y sabes que estás en Recoleta y que no has matado a nadie. Sientes ganas de llorar. Estás empapado en sudor. Un profundo alivio se instala en tu pecho, en tu estómago y en tus hombros, pero en el fondo (deep down) lo sabes.
¿ Pero qué es lo que sabes?
Dijo Bobby Barnes en 1981: "Duermete, Charlie boy. Duermete y los dioses velarán por tí".
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7 comentarios:
me dio sed con los jugos, bueno, saludos
Más tranquilo por haberla matado, aunque sea en sueños, Charley Boy?
Quítale la pregunta final.
Un abrazo
Charlie boy, después de toda la brutalidad de los textos anteriores, llegas a este punto donde el sueño parece sueño, y eso, man, cuesta un moontón.
Creo que Cortázar es de esos tipos que consiguen hacer que los sueños parezcan sueños.
Te has unido a Cortázar, Charlie. AUnque en tui hay algo mejor que en cortázar, y no sé qué es.
Saludos.
duérmete niño, duérmete ya.
este es el único texto que no me leí, me dio lata, pero como es el último publicado hago mi comentario aquí.
Es buena tu volada.
comentario desabrido.
sigue escribiendo, enfermo de mierda, que lo que escribes es fenomenal.
goodbye.
Charlie boy, ¿que pasa cuando los sueños llegan a se reales?...y lo incoscientese vuelve tan consciente, tan tangible.
Allí la realidad, tal vez no sea el despertar al lado de la mujer, sino asesinarla. Un asesinato que mezcla la pasión, el dolor de una sola estocada lenta y satisfactoria como si fuera el enemigo que siempre hubieses querido matarlo y beber su sangre.
Maravilloso escrito...si Cortázar hay que decirlo, tiene ese talento de convertir sueños en sueños y verdades en sueños y vice-versa.
Saludos
yeah
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