lunes, 26 de febrero de 2007

4-De cómo el señor Charles J. Massey le contó a su familia chilena que era un adicto a los sitios pornográficos (en tercera persona)

Esa noche había puré con escalopas. El señor Massey(44) le confesó a su esposa María, su hija Lorena y sus dos hijos Martín y Lorenzo que se conectaba a sitios pornográficos en Internet desde hacía dos años, que tenía acceso ( ilegal) a más de tres multi-sitios de Hardcore, y describió algunas de las escenas que solía disfrutar. Particularmente le gustaba el gagging, es decir el sexo oral potenciado con violencia y humillaciones, cachetadas, escupos, insultos, la determinación abismal de empujar el pene tan adentro de la garganta que a las chicas no le queda más que atragantarse y escupir y, en algunos casos, vomitar. Al señor Massey le gustaban particularmente los sitios de gagging que involucraban a chicas amateur, chicas hijitas de sus papis que son embaucadas por dinero y terminan empujando sus gargantas contra un pene desconocido.
Algunos miembros de su familia pusieron cara de espanto, como si una voz diabólica y falsamente humorística se hubiese apoderado del señor Massey, como si estuvieran mirando el rostro de un muerto descuartizado. El señor Massey habló después de los gangbangs y de los creampie y del sexo con embarazadas y de orinar y defecar encima de mujeres y de sitios dedicados al sexo con abuelitas. Y después se puso a describir a las abuelitas, que según él eran gordas y rojas y bastante repulsivas pero igual habían unos jóvenes vigorosos con enormes penes y marcada musculatura que las penetraban con violencia y perversión, y los ojos del señor Massey brillaban cuando pronunciaba esas palabras, como si hubiese necesitado con desesperación compartir esas descripciones degeneradas, esas peroratas sexuales que sonaban chocantes en un señor prudente y respetuoso como él, pero no compartirlas con cualquiera, sino con su familia, con sus seres queridos y respetados, con su propia estirpe. Lorena, su hija mayor, siguió comiendo como si nada ocurriera, pero tanto Martín como Lorenzo se miraron con evidente incomodidad. Su esposa se levantó de la mesa y partió al baño. Y el señor Massey siguió comiendo puré con escalopas relatando sus aventuras en sitios pornográficos a quien quisiera escucharlas durante toda la noche, pero después de unos minutos ya nadie quería escuchar nada, y todos se fueron a sus piezas.
Y después el señor Massey se fue a acostar a su pieza de su casa en Recoleta, como todos los días. Y soñó esa noche con las enseñanzas de Bobby Barnes, con la lengua viperina de las gemelas Morgan presionada contra sus genitales, con el halito desesperado de las insinuaciones del pasado. Y al día siguiente despertó en Chile. Y miró a su esposa que dormía entre ronquidos furiosos. Y le dieron ganas de llorar.

1 comentario:

Gabriel Mérida dijo...

Este post es espeluznante. Contarlo. Contárselo a su familia debe haber sido más terrible que obligarse a penetrar por la herida.

comenzando a leer, agradablemente sorprendido.

G